El Imperio Incaico


El Imperio Incaico representa uno de los legados más importantes en las Américas. El Tawantinsuyo, o tierra de los cuatro suyos, estaba compuesta por las regiones de Chinchasuyu (Norte); Kollasuyu (Sur); Kuntisuyu (Oeste) y Antisuyo (Este) y logró abarcar un territorio de cerca de 4500 kilómetros que iba desde Cusco al Norte de Ecuador y Colombia, a Chile central y a partes de Argentina.

Los Incas fueron importantes arquitectos. Sus estructuras han cautivado a muchos por la simetría de sus construcciones y el uso de colosales piedras con múltiples ángulos que encajan perfectamente sin usar ningún tipo de pegamento.

Construcciones como la fortaleza de Sacsayhuaman o Machu Picchu, una de las maravillas del mundo, continúan generando preguntas respecto a cómo hicieron los Incas (en caso de que fuesen los incas sus constructores) para llevar piedras de esas dimensiones a lugares remotos y erguir estructuras construidas de una manera tan sólida que han logrado resistir el tiempo.

Los Incas no tuvieron un sistema de escritura sino que dependieron de la tradición oral y de los khipus, unos instrumentos compuestos por cuerdas de distintos colores que mediante nudos, codificaban la información necesaria.


Los Khipukamayoq, los especialistas en estas tareas residían en diferentes distritos y registraban, interpretaban y memorizaban la información necesaria para las distintas autoridades incluyendo datos como disponibilidad de alimentos, población, nacimientos, muertes, entre otros.


Como la mayoría de los pueblos antiguos, los incas tenían religión politeísta a la que se asociaba el culto a los antepasados, cuyos cadáveres eran momificados. Adoraban a los astros, representados por piedras, a los animales y vegetales y sobre todo al Sol. La organización religiosa era muy completa: sumo sacerdote, colegio sacerdotal, oráculos, monjes, acólitos, servidoras del dios Sol, augures y otros elementos.


Como en todas estas religiones, basadas preferentemente en los signos exteriores, las ceremonias y fiestas eran tan numerosas como solemnes. Su religión consistía en una amalgama de creencias animistas, fetichismo, culto a la naturaleza y ceremonias mágicas. También había en ella una cierta preocupación metafísica y en algunas oraciones y ritos se manifestaba un complejo y refinado sentimiento religioso. Fundamentalmente consistía en un culto al sol (Inti), fundador de la dinastía incaica, y su adoración iba pareja con la tributada al inca. Al sol estaban dedicados los mayores y más ricos templos del Perú.


Junto al Inti era venerado Mamaquilla, la Luna, e Ilapa, dios del rayo y la lluvia. El dios supremo era Viracocha, el creador del universo y dios civilizador que enseñó a los hombres el cultivo de la tierra, la alfarería, el tejido y las artes. Por una evolución del pensamiento de los sacerdotes incas, Viracocha pasó a adoptar un papel predominante en tiempos del emperador Pachacuti y a él se dirigieron los más hermosos poemas, himnos y oraciones incas que se conservan. 


Esta parte evolucionada quedó restringida a la casta imperial y sacerdotal. El pueblo seguía venerando a un considerable número de fetiches (huacas) considerados sagrados, carácter que provenía de haber estado en contacto con el inca o por relacionarse con los antepasados del ayllu o con sus momias.


Por lo común los incas no practicaban la poligamia, salvo cuando se trataba de caciques de importancia.

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