Naqsh-e Rostam


Cerca de Persépolis se eleva un imponente acantilado rocoso en cuyas paredes se hallan excavadas, a considerable altura, cuatro tumbas de monumentales dimensiones, muy similares entre sí . Este paraje se llama Naqsh-e Rostam, y es el lugar de enterramiento de cuatro de los principales reyes del imperio persa aqueménida (S. V a.C).

Una de estas tumbas, según las inscripciones que presenta (la primera inscripción contiene la que podría calificarse como la autobiografía política del rey, y la segunda vendría a ser su testamento teológico y moral), sería la tumba de Darío I. 


Las otras tres tumbas que se encuentran a los lados de la de Darío I, serían las de los sucesores de Darío: su hijo y heredero al trono Jerjes I, su hijo Artajerjes I y su nieto Darío II Nothus.

En la montaña de detrás de Persépolis hay otras dos tumbas semejantes, pertenecientes probablemente a Artajerjes II y Artajerjes III, lo mismo que una tumba inacabada que podría ser la de Arsés, o más seguramente de Darío III, el último rey de la dinastía aqueménida, que fue derrocado por Alejandro Magno.


La tumba de Darío es uno de los dos modelos de tumbas que existieron en el arte persa del periodo aqueménida. Se trata de una tumba excavada en roca como los hipogeos egipcios. El otro modelo es el de la tumba de Ciro en Pasargadas.

Hay también siete grandes bajorrelieves en la roca de Naqsh-e Rostam, bajo las tumbas, esculturas mandadas por los reyes sasánidas. Frente a la roca se encuentra Ka'ba-i-Zartosht, un monumento zoroástrico. En la extremidad del sitio se encuentran dos pequeños altares de fuego.


Tras la caída del imperio aqueménida, Naqsh-e Rostam continuó siendo un enclave importante para los persas. A mediados del siglo III d C, los reyes sasánidas Ardashir I y su hijo Shapur I fueron representados en relieves monumentales esculpidos en la misma pared del acantilado donde habían sido excavadas las tumbas de los emperadores aqueménidas.


Los sucesores de Shapur añadieron otros relieves al farallón rocoso, siempre debajo de las tumbas aqueménidas, como si quisieran reconocer la supremacía del glorioso imperio fundado por Ciro.

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