Hablemos de los Vikingos y algunos de sus ritos ...


Los ritos de pasaje en la filosofía vikinga son como marcas en el camino de la vida, que unen la biología y las costumbres, para que todos los miembros de la comunidad vayan en la misma dirección...

Los más importantes son el nacimiento y la imposición del nombre, el paso de la infancia a la madurez, el matrimonio y los hijos y, finalmente, la muerte, que en la sociedad vikinga no suponía el fin último, sino otro pasaje más hacia un nuevo estado de la existencia.

El primer rito de pasaje, como hemos dicho, es la imposición del nombre. Como en todas las antiguas sociedades paganas, éste es parte de la personalidad del individuo, por lo que solía representar alguna cualidad espiritual.

Claro que, antes de la entrega del nombre, el bebé tenía que pasar una fase de inspección por parte del padre, el cual, si encontraba algún defecto en el pequeño que le hiciera pensar que no podría llevar una vida digna, optaba por “exponerlo”.

Eso suponía dejar al úborin börn o “no aceptado” a la intemperie para que muriese durante la madrugada.


En Noruega, tras la implantación del cristianismo, se mantuvo por un tiempo una forma alternativa de exposición para un bebé deforme: se le trasladaba a la iglesia más cercana, donde era bautizado, y entonces sí, ya podía ser expuesto en un lugar que no fuese frecuentado ni por hombres ni por ganado.

Si el bebé pasaba la inspección al noveno día desde el nacimiento, el padre lo tomaba en sus brazos y asperjaba agua sobre él con una rama –no en el sentido cristiano del bautismo, que en nórdico recibió el nombre de skirn o purificación–.

Después, el padre le hacía el signo de Thor –una “T” invertida, con el puño–, invocando la protección de este dios, y le daba finalmente el nombre, con lo cual entraba el espíritu en su cuerpo. El bebé ya era entonces oficialmente un miembro de la familia y, por extensión, de toda la comunidad.

Entre los trece o catorce años, los muchachos debían pasar una prueba que les llevaría a ser considerados hombres y parte integrante del grupo social al que pertenecían. Las pruebas podían ser de diversos tipos, pero en cualquier caso, suponían un desafío para el chico, ya que debía mostrar su habilidad y destreza enfrentándose a situaciones inesperadas.

En ciertos lugares, aprovechando las fechas de alguna celebración especial, se mandaba al bosque al grupo de candidatos de ese año, donde simulaban ser lobos. En Noruega se les llamaba Jolesveinar, nombre que hace alusión a la fiesta de invierno –Jol, la actual Navidad– en la que se realizaba tal demostración. En ocasiones, los jóvenes debían cazar algún animal sin llevar armas. Más tarde, sus padres o un sacerdote les untaban la cara con la sangre de dicho animal.

En cualquier caso, se les dejaba al margen de sus relaciones cotidianas, para que tuvieran que valerse por sí mismos, emulando seguramente al joven héroe vikingo por excelencia: Sigurd, el cazador de dragones.

Pasada la prueba, los nuevos hombres recibían una espada como regalo y, en algunos casos, un nuevo nombre, que dejaba claro el paso a una nueva vida. A partir de entonces, el joven tenía todos los deberes y derechos de cualquier adulto.

La subsiguiente fiesta, además de comida y bebida en abundancia, augurios y regalos de los familiares, en ocasiones incluía la primera experiencia sexual.

Para las muchachas era un ritual distinto, que comenzaba tras la primera menstruación. No se sabe tanto de éstas, pues quienes escribieron las sagas fueron hombres, desconocedores de los misterios femeninos que, por otro lado, las mujeres tampoco eran muy proclives a difundir.

Al contrario que el rito masculino, que se desarrollaba en el exterior, el femenino era algo más íntimo y en él los hombres quedaban excluidos. Una vez reunidas, al parecer, las mujeres realizaban brindis a diosas vikingas de la fertilidad, paso previo para aceptar a la joven como una mujer más de la comunidad, aunque la escasez de datos en torno al ritual es enorme.


El matrimonio...

Las bodas nórdicas consistían en el menos espiritual de los rituales de pasaje, ya que tenían más de contrato social que de ceremonia religiosa. Como en todas las sociedades medievales, eran uniones de conveniencia concertadas entre los padres de las dos partes, sin que el amor fuese un elemento a considerar, ya que éste “llegaría con el matrimonio”. Normalmente se buscaban alianzas de cara a aumentar la riqueza o el prestigio de ambas familias. Las asambleas o things, donde se reunían las gentes de una región, eran el lugar ideal para este tipo de acuerdos.

Por supuesto, había jóvenes que pretendían conquistar el corazón de una mujer pero, según cuentan las sagas, era un pasatiempo peligroso, pues acababa en muchas ocasiones con la muerte del joven enamorado. También existía la posibilidad del rapto, que podía iniciar un enfrentamiento entre dos familias, aunque solía compensarse con el pago de determinada cantidad de dinero por parte del padre del joven. Muchas mujeres, no obstante, fueron obligadas a contraer matrimonio contra su voluntad.

Estos convenios estaban regulados por una normativa que establecía siempre la dote, la cual debía aportarse por la familia del novio. Dicha dote era designada como mundr y se pagaba durante la ceremonia. Si la joven se había mantenido virgen, era merecedora de una segunda dote, llamada morgen gifu o “regalo de la mañana” –siguiente a la noche de bodas–. El morgen gifu más grande de la historia vikinga fue recogido por Saxo Grammaticus en su libro sobre la historia danesa: el rey Grom le regaló toda Dinamarca a su esposa Thyra.

Novias y novios eran instruidos por separado, genealmente a cargo de los miembros más relevantes de cada una de las familias. Un baño purificador, que a veces se realizaba en saunas, era el paso previo para asistir a la ceremonia, en la que se sacrificaban animales y se realizaban brindis por las deidades relativas al matrimonio y a la fertilidad, como Frigga, Frey y Freya. Los novios se intercambiaban anillos y hacían un simulacro de persecución en el bosque. Bebían juntos, además, un hidromiel hecho especialmente para la ocasión y del que se les regalaba suficiente cantidad para que pudiesen beber durante todo un mes –o lunación completa, de ahí la denominación de luna de miel–.

Después, el novio quitaba a la novia la corona de flores –desfloración–. Ésta en ocasiones experimentaba un sueño profético durante la misma noche, acerca del número de hijos que tendría. Al día siguiente, recibiría las llaves de la casa, que debía llevar siempre colgadas de un broche del vestido.

La mujer vikinga mantenía su apellido, sus propiedades y herencias que nunca podían ser confiscadas, ni siquiera en el supuesto de que su marido fuera enviado al exilio, e incluso podía solicitar el divorcio ,los vikingos fueron el único pueblo medieval europeo que lo aceptó como un derecho de sus ciudadanos.


La última travesía ...

Los vikingos creían en varios tipos de vida de ultratumba, según la existencia terrena que hubieran llevado. Los guerreros valerosos muertos en combate iban al Valhalla, una especie de palacio celestial. Por el contrario, el Hel –lugar lóbrego similar al infierno– estaba reservado para los “muertos de paja”, aquellos que fallecían en la cama, de vejez o enfermedad, y que eran considerados menos dignos que los guerreros muertos en combate.

No hay una forma concreta de enterramiento vikingo, ya que las numerosas tumbas encontradas responden a diversos tipos de entender la parte ritual y física del viaje al más allá. Hubo enterramientos clásicos y cremaciones, montículos de piedras y algunas de éstas alineadas formando el contorno de un barco. Sin duda, los más espectaculares eran los barcos-tumbas, con todos los lujos que disfrutara el difunto en vida. Una vez que el fallecido era enterrado con todos los honores, siguiendo un cuidadoso ritual ya estaba preparado para emprender el último viaje hacia el Valhalla, donde se reuniría con sus antepasados, los valerosos guerreros vikingos.

1 comentario:

  1. Grandísimo post...para hacer ver que no eran símplemente un pueblo guerrero, sino que tras esa apariencia también cultivaban la espiritualidad.

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