El Imperio Olvidado: Los Hititas (2ª Parte)


En 1880, un arqueólogo orientalista llamado Archibald Henry Sayce ( "Los hititas en Asia Menor") levantaba revuelo ante la Sociedad de Arqueología Bíblica en Londres al defender con vehemencia que las inscripciones y los monumentos de ese pueblo desconocido pertenecían a los heteos bíblicos, los hititas. Desafortunadamente, la mayoría de científicos recelaban acerca de una de las fuentes históricas más antiguas e importantes que existen, la Biblia, que una y otra vez recibía la verificación arqueológica en más ocasiones de lo que cabe esperarse.

Entre sus pruebas contaba con unas piedras que se hallaron en Siria, conocidas como piedras de Hamath que tenían extraños signos y eran uno de los primeros testimonios sobre la existencia de una cultura importante, y que Sayce aseguraba formaban parte de un sistema de escritura, cuyo contenido se descifraría posteriormente.



En 1884, el misionero William Wright publicaba un libro con nuevas evidencias llamado a rescatar la memoria del imperio olvidado, "El gran imperio de los hititas, con el desciframiento de las inscripciones hititas por el profesor A.H. Sayce".

El mérito de Sayce consistió en interpretar los escasos restos de que disponía elaborando una tesis revolucionaria que declaraba que todos los monumentos e inscripciones referidos que habían sido descubiertos en las ultimas décadas en Asia Menor debían ser atribuidos a los hititas, un pueblo que la Biblia cita varias veces, pero que hasta entonces nadie se había tomado la ligera molestia de investigar.

"Porque el Señor había hecho resonar en los reales (campamento) de los sirios estruendo de carros falcados y de caballos; y de numerosísimo ejército, con lo que se dijeron unos a otros: Sin duda el rey de Israel ha atizado contra nosotros a los reyes de los heteos (hititas) y a los reyes de Egipto." (LIBRO IV de los Reyes 7,6).

En este interesante pasaje bíblico se asocia nada más y nada menos que a reyes hititas con los reyes más poderosos de la Antigüedad, los faraones, y por si fuera poco, por delante de ellos.


A inicios del siglo XX las campañas arqueológicas, en especial las de Hugo Winckler, demostraron que el imperio hitita era un imperio de verdad e incluso se pudo leer su escritura gracias al brillante desciframiento del filólogo checo Bedrich Hrozny.

Los nobles del Imperio romano destacaban de este lugar sus aguas termales, que provocaron que Hierápolis se convirtiera en una de las primeras ciudades balneario de la historia. En este lugar, conocido como Pamukkale que significa “castillo de algodón”, las aguas ricas en sales minerales se entremezclan con los depósitos de óxido de calcio que contiene la tierra y que, además de ser beneficioso para la salud, ofrece un espectáculo visual único con el sol brillando en estas superficies.


Este fenómeno natural y la calidad de sus aguas fueron aprovechados por los nobles romanos para construir aquí unas termas en el siglo II, que, junto con otras zonas de recreo, contaban en las tres típicas secciones conectadas entre sí: frigidarium (piscina de agua fría), caldarium (agua caliente) y tepiderium (agua templada).

La importancia de estos baños para la época es tal que su tamaño es superior a las termas construidas en Roma por Agripa o las de Cartago encargadas por Antonino Pío.

Hierápolis también era conocida por tratarse de una ciudad rica en templos de la época cristiana temprana. Debido a su situación geográfica, en la actual provincia turca de Denizli, aquí se congregaban diferentes corrientes culturales y religiosas, lo que posibilitó el aumento de los seguidores de la fe católica, más aún tras la muerte del apóstol Felipe de Betsaida que fue crucificado con la cabeza en la parte de abajo. En su honor se construyó en el siglo V una iglesia octogonal, que, hoy en día, recibe la visita de fieles.


También un templo, aunque en esta ocasión construido antes de Cristo y reformado en el siglo III, tiene dedicado Apolo en su honor. Parte también de la mitología es la construcción de un santuario dedicado a las ninfas que aún se conserva. Se trata de una fuente del siglo IV, conocida como nympheum, cuya fachada con forma de luna apunta hacia el sur.


Sin embargo, uno de los puntos turísticos más llamativos de Hierápolis es su necrópolis. En realidad, se trata de un conjunto de tres camposantos situados al sudoeste, norte y este de la ciudad, aunque todo este bloque representa un cementerio de grandes dimensiones en las que se puede encontrar tumbas muy diversas: túmulos, sarcófagos, mausoleos… Considerada la necrópolis más grande de Asia Menor, acumula tumbas de varias formas y tamaños dependiendo la categoría del fallecido con construcciones propias de la época helenística a la bizantina.


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