Silbury Hill, un enigma megalítico



Al sur de la aldea de Avebury, en el condado de Wiltshire, y próximo a numerosas construcciones megalíticas entre las que destacaría principalmente el archiconocido monumento ritual prehistórico de Stonehenge, erigido en la llanura de Salisbury al suroeste de Inglaterra, se encuentra localizado el túmulo o colina artificial de Silbury Hill, el cual es considerado como el mayor de toda Europa.

Los túmulos o montículos artificiales son grandes amontonamientos de tierra y piedras que se levantaban sobre una o varias tumbas, principalmente realizados durante los periodos de la Edad de Piedra y la de Bronce. En un principio consistieron en una simple pila de rocas que se ubicaba directamente sobre el cuerpo del fallecido hasta alcanzar una altura considerable, pero con el paso del tiempo su estructura fue siendo paulatinamente modificada y estos enterramientos fueron cubiertos por piedras y tierra hasta formar verdaderas montañas artificiales, y creciendo de tamaño hasta llegar a convertirse en grandes cámaras funerarias en las que reposaban tanto el personaje o personajes muertos, así como sus armas y sus pertenencias más preciadas.



En el caso particular de Silbury Hill, el supuesto túmulo funerario alcanza la nada despreciable altura de cuarenta metros y ciento sesenta y siete de diámetro, lo que configura un majestuoso y fascinante espectáculo a la vista del visitante sobre un paisaje en el que el terreno que circunda a la construcción megalítica es prácticamente llano. Formado por cerca de 339.600 m³ de rocas y tierra que se esparcen sobre dos hectáreas de superficie, su forma cónica permanece completamente cubierta por la hierba. En sus más inmediatas proximidades y ocupando otra superficie de 12 hectáreas, existen gran cantidad de construcciones anexas, que configuran círculos de piedra y obeliscos “solo aparentemente”aislados.

Los distintos trabajos arqueológicos realizados en Silbury Hill, parecen indicar que en su construcción se emplearon tres etapas bien diferenciadas. En la primera de ellas, fijada en torno al año 2.660 a. de C. según los datos arrojados por las pruebas de radiocarbono, y más exactamente confirmados en el verano de dicho año, gracias al estudio de botánicos y entomólogos sobre los restos de plantas e insectos localizados en el emplazamiento arqueológico, y característicos de ese periodo estival (fueron encontradas numerosas hormigas y otros insectos atrapados en el nivel más bajo del césped que constituyó la base de la construcción del túmulo). La datación es tal vez coincidente con la primera semana del mes de agosto, en el que los antiguos celtas celebraban la fiesta de “Lugnasadh o Lammas”, el comienzo de la temporada de cosecha. En esta primera fase o etapa se delimitó el terreno con estacas de madera, procediéndose a formar posteriormente distintas capas de grava, barro, piedras y tierra, hasta alcanzar un montículo de unos 5 metros de alto por unos 37 de diámetro.


En la segunda etapa se construyeron diferentes zanjas alrededor del primer montículo, así como numerosos muros de refuerzo capaces de contener otra gran avalancha de escombros y piedras, sobre todo tiza, que concluyeron con una elevación del montículo de 17 metros y una ampliación de su diámetro de 110 metros.

La tercera fase vendría a ser prácticamente una repetición de la segunda, en la cual nuevas zanjas y nuevos muros, vinieron a contener y configurar la estructura definitiva del túmulo, destacando por encima de todo el excelente conocimiento demostrado por los antiguos constructores que consiguieron mantener 60 grados de pendiente en toda la estructura piramidal del túmulo. En origen, la construcción tenía forma de espiral, con una rampa continua que llevaba desde la base, rodeando varias veces el cuerpo central, hasta alcanzar la cima, donde se encontraba una amplia terraza.

Los cálculos efectuados sobre la duración y la mano de obra necesaria para la ejecución de estas tres fases, se han estimado en torno a una media de 700 hombres trabajando diariamente durante un periodo de al menos diez años.



En épocas muy posteriores a su construcción, Silbury Hill fue utilizado por los romanos y sajones como puesto militar de observación, lugar de enterramientos y, posiblemente, para ceremonias religiosas. A estos periodos se corresponden el mayor número de restos arqueológicos localizados. Sin embargo muy poco o prácticamente nada se conoce sobre los motivos que llevaron a un pueblo del neolítico a realizar semejante esfuerzo muchos siglos antes de que las legiones de roma llegasen a las islas británicas.

A la búsqueda de respuestas que puedan aclarar los oscuros orígenes que motivaron la construcción de Silbury Hill, de enseguida nos tropezaremos con antiguas leyendas locales de lo más variopintas. Dichas leyendas aseguran que, la creación del túmulo, fue motivada por el mismísimo diablo cuando se dirigía a la cercana localidad de Marlborough cargado con un enorme saco de tierra y cascotes que pretendía arrojar desde el cielo para sepultar a la ciudad, pero gracias a la intervención de los sacerdotes de Avebury que se interpusieron en su camino y de la poderosa magia de la que eran poseedores, se logró que el maligno vaciara el saco en otro lugar dando forma a la colina artificial. También estas viejas historias nos narran que fueron los antiguos druidas los que construyeron la colina como lugar de residencia para las muy numerosas hadas que poblaban el lugar (castillo-residencia para hadas), las mismas que tanta literatura han generado durante siglos y de las que tanto abundan en los cuentos y viejas historias británicas.

Más plausibles se nos antojan otras leyendas que aseguran que .en aquel lugar, se procedió a enterrar a un importante personaje de la época junto con sus tesoros, aunque por el momento no se ha logrado localizar ningún sepulcro o cámara funeraria en el interior del túmulo por parte de los arqueólogos que pudiera avalar el origen de la construcción.

Concretamente se hace especial hincapié en la leyenda de un mítico rey llamado Sil que eligió este lugar como última morada, y al que el emplazamiento debería el nombre por el que ha sido conocido hasta el día de hoy, Silbury Hill, Sil = nombre del rey, bury = enterrar o sepultar y hill = colina o cerro; “la colina de la sepultura de Sil”.

Desde el pasado siglo XVIII hasta el día de hoy, una larga lista de investigadores y arqueólogos han desfilado por éste enigmático lugar sin poder desentrañar todos los misterios que esconde. Ni siquiera personajes tan ilustres o respetados como lo fue el famoso Sir William Matthew Flinders Petrie, quien finalizada la I Guerra Mundial se embarcó en la búsqueda de pruebas y respuestas capaces de desentrañar lo que otros muchos antes no habían podido lograr, tuvo que desistir un tanto contrariado por la casi práctica ausencia de indicios. Fue precisamente esa falta de pruebas o pistas suficientes que señalasen un origen funerario, como lo debería de ser el de un típico túmulo, el que ha llevado a especular con otras posibles causas las que motivaran la construcción de éste. Básicamente todas ellas apuntan en una dirección que señalan a Silbury Hill, como un importante punto neurálgico de la antigua religión druida, lo que le daría una especial dimensión a su construcción y del mismo modo al resto de emplazamientos megalíticos que, en un número muy elevado, se encuentran en sus inmediaciones. Quizá su construcción fue motivada como punto de observación astronómica a la vez que, como aseguran algunos estudiosos, fuese un templo de culto relacionado con la fertilidad de la tierra, en el que el propio diseño o forma del cerro artificial, semejase el vientre embarazado de alguna diosa (seguramente la Diosa Madre).


Esta concepción mixta religioso-astronómica y la inclusión de todo el complejo de construcciones megalíticas de la región del suroeste de Inglaterra, daría fuerza a algunas hipótesis que sitúan a este enclave como el del emplazamiento de una civilización muy superior en conocimientos a la que hasta ahora habíamos imaginado, y que poco tendría que envidiar a otras civilizaciones mucho más estudiadas de otros puntos geográficos muy alejados, como la egipcia o la maya. 

Estudios astronómicos paralelos a los realizados oficialmente por las autoridades académicas británicas, señalan que

Silbury Hill podría haber sido utilizado perfectamente como un observatorio solar, utilizando la sombra cónica proyectada sobre la llanura del área norte, en dirección a Avebury. Del mismo modo se ha podido constatar una red de meridianos o líneas imaginarias que conectan al milímetro Silbury Hill con la iglesia de Avebury, Stonehenge, el círculo de piedras de Winterbourne Abbas y un largo etcétera de otras construcciones megalíticas. De hecho los romanos aprovecharon durante su estancia en el lugar, para trazar algunas de sus vías siguiendo estas alineaciones.


Desgraciadamente, como en tantas otras ocasiones, todo este gran complejo arqueológico se ha visto modificado a lo largo de los siglos, desvirtuando el posible sentido y significado a todo el conjunto. Ya incluso en el siglo XVIII, cuando se iniciaron los primeros trabajos arqueológicos serios en Silbury Hill e inmediaciones, personajes como, William Stukeley, médico y primer secretario de la Sociedad de Anticuarios de Londres, quien se vio fuertemente involucrado en dicha tarea, destacaba en su libro publicado en 1.743, -Abury, un Templo de los Druidas Británicos- la “gran angustia” que sentía por la destrucción de gran cantidad de monolitos, obeliscos y otras construcciones de piedra llevadas a cabo por parte de los agricultores durante las labores de “limpieza” de sus campos de cultivo, que desfiguraban el paisaje original con el que se había construido el conjunto total de construcciones de toda la región.

1 comentarios

Anónimo

Qué cosas pones!!..es digno de tu blog de misterios sí....cómo es posible que se pudiera construir algo así!!! :o


FDO: CM

Publicar un comentario en la entrada